La política de la anti política

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José Jatuff
Colaborador

“Solo las religiones son interesantes en este mundo”, dejó escrito en sus diarios íntimos el poeta maldito Charles Baudelaire. Luego de que se abandona la idea de que la religión es un tipo de respuesta a inquietudes vitales superadas por la ciencia, resulta sencillo observar su vigor en la actualidad, no solo en sus formas tradicionales y en su estricto dominio, sino también en formas y esferas nuevas hacia las que se desplaza. El carácter simbólico que tienen las religiones las hace una máquina de producir significados. Se parece al arte, pero con un agregado que le da mayor fuerza motora: la creencia. Es por ello que, si bien se han dado intensas cruzadas estéticas, nunca han sido al nivel de las religiosas. Esta es la dimensión que quisiéramos explorar en relación con la política actual.

Nuestra historia reciente nos da un ejemplo bastante claro de lo que se puede entender como cruzada religiosa, pero desplazada hacia otra dimensión de la cultura. Pintemos un cuadro imperfecto, de trazo grueso pero veraz.

La sociedad de masas es un producto del ejército de trabajadores que se apiñó alrededor de las fábricas en la revolución industrial que comenzó cerca de mediados del siglo XVIII y concluyó cerca de mediados del XIX. Ya para esta época Dios había muerto –según la célebre formulación. Esto significa, en este específico contexto que los vestigios de religiosidad de las zonas rurales son triturados por la máquina y el vapor del mundo urbano donde nace, asimismo, un nuevo tipo humano: el hombre masa. En efecto, es en las sociedades de masas desacralizadas ya de mediados del siglo XX que surgen diversos movimientos mítico-políticos portadores de una fuerte carga simbólica en donde una parte importante de las amplias mayorías veía resplandecer la promesa de un mundo mejor.

Los más representativos de estos movimientos de mediados del siglo pasado fueron el fascismo italiano y el nacionalsocialismo alemán y uno de sus aciertos para lograr la cohesión social fue el uso de la simbología y de la dramatización litúrgica en el campo político.

Este aparato les permitió una homogeneización que logró, de este modo, una identidad común. Esta identidad colectiva que se opera a partir del campo simbólico es la que termina cargando sobre sus hombros la crisis del modelo liberal-capitalista. La salida fascista obtura la revolución –que plantea lo nuevo, o sea, la verdadera salida– y le brinda al capitalismo la posibilidad de sobrevivir bajo una lógica gubernamental antiliberal. Cualquier parecido con lo que nos está pasando no es mera coincidencia. Existen, por supuesto, causas coyunturales, la impericia de la política habilita la posibilidad de salidas anti políticas, pero hay que recordar que nuestro cuadro es de trazo grueso.

Los elementos que tenemos entonces son: un aparato simbólico que legitima una forma de gobierno que se coextiende con un sistema económico. De una forma u otra, todo movimiento político que asciende al poder tiene estos elementos; sin embargo, al enunciarlos presuponemos el conocimiento de las características generales de la espesa carga simbólica de estos aparatos, tanto en el pasado como en nuestro presente.

Como dijimos, en los fascismos históricos el papel del simbolismo fue un elemento claro y clave. Hoy, ¿lo es? Y a su vez, ¿es posible decir que estamos bajo el dominio de un poder fascista? Vinculado a este planteo se pueden encontrar por lo menos dos argumentos: 1) denominar a este (nuestro) gobierno como fascista es una forma de no identificar la novedad del fenómeno y proviene de la pereza mental, y 2) un término bien definido puede utilizarse rigurosamente (teniendo en cuenta y, a la vez, superando su origen histórico) y sirve como marco, junto con otros términos, para interpretar la realidad. El conocimiento funciona, de hecho, redefiniendo y extrapolando los términos.

En apariencia no son ideas del todo opuestas, quizá se trate de redefinir bien el concepto de modo que capte la novedad si se percibe que lo nuevo que vivimos posee varias dimensiones del fascismo histórico. Por supuesto que en esto no hay que ser ingenuos, por el contrario, hay que tasar siempre la intención y el peso político que tiene una y otra postura. Con todo, la faena de redefinición y afinación de un concepto para la interpretación de nuestra realidad es titánica y varias mentes lúcidas de la Argentina ya la emprendieron. Nos unimos a una conversación.

Tesis: el modo específico en el que lo simbólico hilvanó lo político-económico en el fascismo histórico nos permite comprender, incluyendo ajustes, la realidad actual. Y así como la salida fascista de ayer canaliza una crisis, el de hoy hace otro tanto. La diferencia entre el símbolo y el concepto es que el símbolo toca el corazón. Y así como el fascismo histórico conquistó el corazón del pueblo, hoy pasa algo análogo. Las pasiones tristes son la clave de la analogía; sin un aparato simbólico moldeando y viabilizándolas, ningún fascismo es posible. La pérdida, el miedo, la desesperanza encuentran su lugar en el fascismo que, con mucha inteligencia, las hospeda. Los fascistas saben, como el viejo Spinoza, que las pasiones tristes no son intrínsecamente negativas, sino que pueden ser una vía para el crecimiento y la maduración de algo. ¿O no es acaso la indignación una de las fuentes de la militancia? 

Por supuesto que La Libertad Avanza no está ni cerca de ser un movimiento de masas como los citados, cuyos partidos tuvieron, en su mejor momento, millones de afiliados (acomodaticios y convencidos). Pero allí es hacia donde van. Agustín Laje, influencer y escritor best seller, además de asesor presidencial, lo dice claramente al final de su libro La Batalla Cultural. Vale la pena, si no leer todo el libro, al menos leer el último capítulo donde expresa su programa político. –Aclaración, no es un libro difícil, aunque extenso, es muy fácil de leer, lo cual no es una sorpresa dado que es una herramienta política–. Propone una articulación de las sensibilidades de derecha (libertarios, conservadores, tradicionalistas, patriotas) para construir una “Nueva Derecha” con hegemonía social y cultural. Los que están entre paréntesis parecen grupos refractarios, pero no más que Massa y Grabois.

Agustín Laje, influencer y escritor

Cuando “El León” sostiene que la homosexualidad está emparentada con la pedofilia simplifica varias tesis de Laje, lleva adelante una típica segregación fascista, moviliza la indignación de miles de simpatizantes que bajo su estela se van a animar a prácticas de discriminación semejantes y reúne y representa el parecer de muchas sensibilidades de derecha. Mientras sigan dándole cauce a pasiones sociales van a existir, ya son un sujeto social. No importa que luego digan que no dijeron lo que dijeron, lo dijeron y se pusieron a la vanguardia de las derechas mundiales. Hay que ver si las marchas en varios países del mundo significan un golpe que le entró o sólo mayor notoriedad. Pero esa no es la cuestión fundamental, sino esta: ¿Qué debemos hacer nosotros?