La era Milei o la brutalidad de un tiempo regresivo

José Jatuff

Colaborador
Doctor en Filosofía. Docente en la UNLaR

José Jatuff

Colaborador
Doctor en Filosofía. Docente en la UNLaR

El plan de gobierno actual, con la excusa de equilibrar las cuentas, está produciendo una transformación cultural que llevará al embrutecimiento a la mayor parte de la sociedad y permitirá el devenir de lo peor de la condición humana. Lo logrará desintegrando una parte importante de las instituciones que conforman la subjetividad individual y colectiva. Me referiré más adelante a alguna de ellas, pero en general las instituciones son cristalizaciones momentáneas que en su conjunto dan forma a lo que puede llamarse el pacto social. Por eso, no es casualidad que algunas versiones modernas del pacto social contengan una pérdida de libertad o una instancia represiva, ni que los críticos de las instituciones señalen que detrás de su fachada de neutralidad se pueda encontrar una relación de poder. Ya sea que se aborde a una institución desde un discurso crítico o apologético, se sostiene que su función es formar o normalizar, pero lo que no se desconoce es su aspecto transformador que implica siempre algo así como una pérdida o disciplinamiento.

 “Por eso, no es casualidad que algunas versiones modernas del pacto social contengan una pérdida de libertad o una instancia represiva, ni que los críticos de las instituciones señalen que detrás de su fachada de neutralidad se pueda encontrar una relación de poder”

Para decirlo con exactitud, el pacto social de convivencia se encuentra constituido por una gran serie de instituciones que transforman la subjetividad volviéndola capaz para la vida en común. Nuestras instituciones, aunque heredadas, son nuestra responsabilidad y deben ser criticadas, siempre se debe preguntar si es deseable sostener esta o aquella institución, pero de lo que no se puede dudar es de que por debajo de ellas y del gran pacto que constituyen se encuentra algo mucho peor y creo que lo que está en juego en este momento de nuestra historia nacional es el conjunto de pactos e instituciones que dan forma a la vida en común. Porque ¿qué es un ser humano sin esos pactos e instituciones que constituyen una cultura? La respuesta es simple, una bestia. En la mitología griega fue Prometeo quien se apiadó del ser humano al verlo desamparado y le robó el fuego a los dioses para dárselo; el fuego aquí simboliza la cultura, alrededor de él la comunidad se rememora y con él se transforma la naturaleza. Esquilo tiene clara conciencia de la hazaña y le hace decir lo siguiente al héroe:

“Mas escuchad las miserias de los mortales; cómo de las ignorantes criaturas que eran, hice seres claros de espíritu, dueños de su mente (…). Antes veían sin ver, oían sin oír y, semejantes a figuras de los sueños, vivían toda su larga vida en confusión y a la ventura; no conocían las soleadas viviendas de ladrillo ni el trabajo de la madera; vivían bajo tierra (…), sábelo de una vez: todas las artes han venido a los mortales de Prometeo.”

Sin la cultura –entendida en sentido amplio–, sin el pacto que se encuentra constituido por una serie tentativa de acuerdos que con el tiempo se cristalizan en instituciones, nos volvemos bestias, vivimos bajo tierra. Pensemos ahora en algunas de las instituciones que resultan claves para el argumento que estoy tratando de delinear y que el gobierno ya desarticuló o quiere desbaratar a mediano plazo.

“Porque ¿qué es un ser humano sin esos pactos e instituciones que constituyen una cultura? La respuesta es simple, una bestia”

Hace poco amaneció vallada Télam.  Existen varios argumentos que definen el derecho a la información confiable como un derecho humano y es justamente esta la finalidad de la agencia, es decir, distribuir información contrastada a los medios de todo el espectro editorial. El actual gobierno también dispuso el cierre del INADI cuya función principal es elaborar y proponer políticas nacionales para combatir la discriminación, la xenofobia y el racismo. Va también en la dirección de ahogar a las universidades públicas que tienen, entre otros objetivos, el de dar formación científica, profesional, humanística y técnica en el más alto nivel. Y, por último, en esta brevísima lista de ocasión, está CONICET, la institución en investigación más prestigiosa de Latinoamérica, cuya misión es el fomento y la ejecución de actividades científicas y tecnológicas en todo el territorio nacional y en las distintas áreas del conocimiento. (Al objetivo de estas instituciones los extraje de páginas oficiales).

“Debajo del conjunto precario, y en parte indeseable, de las instituciones y acuerdos que constituyen el pacto que históricamente hemos sabido un poco lograr y otro tanto aceptar, vive de modo parasitario lo peor de nuestra condición: la repugnancia, la indignación, el desprecio, el resentimiento”

Entonces, vemos reducida la información, la educación, las políticas antidiscriminatorias y la soberanía científica. Estas instituciones en particular ejemplifican a la perfección lo que señalaba, porque si no hemos venido a nacer en una familia acomodada ¿cómo podríamos informarnos, educarnos o ubicarnos frente a la intimidante diversidad y, quizá, también hacer ciencia? Tener una población que mayormente no sea bruta tiene un costo económico evidente, pero lo vale. Y una cosa es dar la discusión sobre la eficiencia de las instituciones y ceñir algunos gastos y otra es destruir con saña lo que con verdadero sacrificio se ha logrado a lo largo de los años.

“El costo de este ajuste de cuentas es la pobreza y el embrutecimiento, es un costo social y cultural enorme, un costo humano que causa dolor moral. Se encogerá el corazón, nadie llorará, ni su dolor ni el ajeno”

Debajo del conjunto precario, y en parte indeseable, de las instituciones y acuerdos que constituyen el pacto que históricamente hemos sabido un poco lograr y otro tanto aceptar, vive de modo parasitario lo peor de nuestra condición: la repugnancia, la indignación, el desprecio, el resentimiento.  Son estas las emociones negativas que agita el líder libertario para legitimar sus acciones. Quizá, al final, se logre el objetivo de equilibrar el déficit fiscal; quizá, al final, el estado no gaste más de lo que recauda o inclusive quizá llegue al superávit, pero esto también tendrá un precio. El costo de este ajuste de cuentas es la pobreza y el embrutecimiento, es un costo social y cultural enorme, un costo humano que causa dolor moral. Se encogerá el corazón, nadie llorará, ni su dolor ni el ajeno. No me puedo imaginar la enajenación y la pobreza de la muchedumbre sin sollozar y no tengo mayor poder sobre este asunto que el de escribir estas líneas. Nuestra vida nunca se trató ni puede tratarse de la supremacía del más apto, tampoco de sobrevivir, sino de vivir bien; la depresión económica y psíquica en la que vamos cayendo tiene una deriva incierta pero negativa. Sé que parte de la sociedad eligió y sostiene este proyecto y que se han ensayado diversas razones para dar cuenta de lo uno y de lo otro, solo agregaré que la experiencia indica que nada se logra sin sacrificio, siguiendo esta máxima razonable, parte de la sociedad aguanta el ajuste porque tiene esperanzas en un futuro mejor; cuando esto no suceda será el tiempo de la verdadera opacidad…