¿Qué hubiera pasado si el que mataba al aire al padre de Lionel era el mismo periodista que, contra de toda ética periodística, dio a conocer la enfermedad que padece Jorge Messi que había decidido no hacer pública su situación? ¿Habrían coreado al unísono moral y desafinado, con espuma en la boca, cómo lo hicieron con Florencia Peña, que Eduardo Feinman era un irresponsable que debía renunciar o ser echado? ¿Lo habrían fusilado?


“Quien lo dice, importa”, dice la campaña publicitaria de La Nación. Y en este caso aplica al dedillo. El problema de lo que pasó es que quien lo dijo padece de varias características “despreciables”: es mujer, peronista, provocativa y exitosa. Además, se dedica a los temas triviales y tiene manifestaciones populares que cuestionan al establishment. El otro problema es que la información incluyó al progenitor del hombre más famoso del mundo. Ambos protagonistas influyeron para que se armara un escándalo tan sobreestimado como ridículo.

El error de Florencia produjo milagros: Que Yanina Latorre de clases de ética y periodismo en vivo, que los medios tradicionales, padres de las falsas noticias, se ufanen de su profesionalismo y seriedad, como si nunca nadie hubiera tomado dióxido de cloro como receta anti covid, o jamás hubieran matado a Antonio Ríos o a los “Cachos” Fontana y Castaña.

Hay dos tipos de fake news, y sus diferencias son fundamentales para emitir un juicio de valor sobre cada una de ellas. No es lo mismo cuando se trata de un error sin mala fe, como en el caso de Peña, que cuando algunos periodistas arman operaciones a “gusto e piacere” de sus mecenas. Además, un error es una fake news débil, que se desvanece rápidamente cuando se enmienda ese error, mientras que una opereta periodística es una fake news que puede provocar un daño irreparable, porque no es inocente, sino todo lo contrario, es un misil que busca destruir al adversario. Y en eso, los medios tradicionales, valga la coyuntura, son los campeones del mundo.

Pero lo más preocupante y delirante es que un gobierno falso, basado en un relato ficticio, se suba al púlpito de los inmorales para acusar a la hereje de querer que Messi y la selección fracasen.
El ataque de Javier Milei expone una paradoja central: un gobierno que monta una cruzada moral contra los errores ajenos de desinformación mientras gestiona bajo su propia construcción de realidades paralelas. La exigencia gubernamental de «decencia humana y respeto por la verdad» tropieza drásticamente con un historial oficial plagado de datos falsos promovidos desde la cúspide del poder.
La simulación como argumento económico y político
La capitalización del traspié ajeno para desviar la atención de las propias inconsistencias de gestión es la estrategia estatal, mientras la propia administración libertaria ha validado y difundido de forma sistemática hechos falsos como si fueran verdades absolutas:
El escándalo del «Jumbo Bot»: En un hito de la posverdad económica, tanto el presidente Milei como su ministro de Economía, Luis Caputo, citaron públicamente una cuenta de la red social X llamada @Bot_jumbo para asegurar que la inflación estaba en franco descenso. Pocas horas después, los creadores de la cuenta revelaron que los datos eran completamente inventados y que se trataba de un experimento social, dejando al descubierto que el Gobierno diseñaba su narrativa inflacionaria basándose en cuentas de origen dudoso.

Gráficos y logos apócrifos: El Poder Ejecutivo llegó a publicar en sus cuentas oficiales un gráfico que afirmaba un aumento en términos reales del presupuesto universitario, utilizando de manera ilegal y apócrifa los logos del INDEC y del Ministerio de Economía. Auditorías independientes demostraron que los datos eran falsos y que las partidas habían caído más de un 25%.

Mapas borrados y datos adulterados: En su afán por atacar a gobernadores opositores, el mandatario retuiteó y dio por válido un mapa de crecimiento provincial atribuido falsamente a la Universidad Austral. El mapa no solo contenía estadísticas erróneas diseñadas para perjudicar a la provincia de Buenos Aires, sino que insólitamente había «borrado» la existencia de la provincia de Tucumán. La propia institución educativa tuvo que salir a desmentir públicamente el informe.

El peligro de la «Ficción de Estado»
Cuando un gobierno construye su legitimidad sobre el impacto algorítmico, el peligro real radica en la anulación del debate público y la destrucción de la confianza institucional. Si el error de un comunicador se convierte en una oportunidad estatal para calificar a la prensa de «aberración», se erosiona la libertad de expresión, instalando una peligrosa asimetría: el ciudadano común o el periodista es severamente castigado por sus equivocaciones, mientras que el aparato de propaganda oficial goza de total impunidad para inventar realidades a conveniencia.
Por eso, lo más grave para el país, no es una fake news sobre el papá de Messi. Más peligroso es un fake government, un gobierno falso, que consiste en lograr que las métricas digitales importen más que la realidad palpable. Al final del día, el ensañamiento con Florencia Peña no es más que otra cortina de humo diseñada para mantener a la sociedad consumida en peleas virtuales de vitrina, ocultando que detrás de la pantalla, los datos duros de la economía y la gestión real siguen sin resistir un archivo de veracidad.




