Las teorías conspirativas imaginan un poder capaz de manipularlo todo. En las redes circulan todo tipo de videos que desarmarían la operación de la FIFA. Pero existe una paradoja: para conservar su legitimidad el poder necesita preservar una parte de la realidad. Sin algunas verdades, la mentira, deja de ser creíble.

Vivimos una época en la que la sospecha parece haberse convertido en una forma de conocimiento. Para muchos, detrás de cada acontecimiento importante existe una mano invisible que mueve los hilos: las guerras, las pandemias, las elecciones y hasta los resultados de un Mundial de fútbol responderían a un plan cuidadosamente diseñado por un poder omnipotente.
Las teorías conspirativas parten de una premisa seductora: nada ocurre por azar. Todo está calculado. Todo responde a un interés superior. Pero esa visión tiene un problema filosófico que rara vez se discute: si el poder pudiera manipular absolutamente todo, ¿Por qué necesitaría seguir convenciendo a alguien?

Quizá el error de muchas teorías de la conspiración sea atribuir al poder una capacidad que, llevada al extremo, terminaría destruyéndolo.
La paradoja del poder absoluto
Existe una idea muy extendida según la cual el verdadero poder consiste en controlar cada aspecto de la realidad. Sin embargo, la historia parece indicar exactamente lo contrario.
Todo poder necesita legitimidad. Incluso las dictaduras más brutales procuraron justificar su existencia mediante elecciones, discursos, éxitos económicos, enemigos externos o promesas de orden. La violencia sola nunca alcanza para sostener indefinidamente un sistema político. Gobernar únicamente mediante el miedo es extraordinariamente costoso.

Max Weber explicaba que ningún poder perdura si no logra que una parte importante de la sociedad crea en su legitimidad. Antonio Gramsci agregaría luego que las clases dominantes no gobiernan únicamente mediante la coerción, sino también construyendo consenso. Ambas ideas conducen a una conclusión poco explorada: el poder necesita ser creíble antes que omnipotente.
La realidad como condición del poder
Las conspiraciones suelen imaginar un poder capaz de fabricar completamente la realidad. Pero quizás el verdadero poder opere de otra manera. No inventa el mundo, lo administra. No necesita fabricar todos los hechos; le alcanza con decidir cuáles mostrar, cuáles ocultar y cuáles convertir en relato.

Para que una mentira sea eficaz necesita apoyarse sobre una base de verdad. Del mismo modo, un sistema político necesita que existan experiencias auténticas para que su narrativa resulte verosímil. Un gobierno puede exagerar un logro económico, como lo hace Javier Milei con la inflación, las falsas inversiones y el déficit fiscal, pero difícilmente pueda sostener durante años que la inflación bajó si todos los ciudadanos comprueban diariamente lo contrario al hacer las compras.
La realidad termina imponiendo límites.
El ejemplo del fútbol
Pocas discusiones reflejan mejor esta lógica que las conspiraciones alrededor del deporte. Cada Mundial aparecen quienes sostienen que el campeón ya está decidido de antemano por intereses económicos o geopolíticos. La hipótesis supone que miles de jugadores, entrenadores, árbitros, dirigentes y periodistas participarían de un enorme acuerdo secreto.
Sin embargo, hay una objeción más profunda. El negocio del fútbol existe porque nadie conoce el resultado antes de jugar. Si el público llegara a convencerse de que todo está arreglado, desaparecería precisamente aquello que convierte al deporte en espectáculo: la incertidumbre. Esto no implica que el poder no incline la cancha con algunas medidas concretas para que, bajo esas premisas económicas o geopolíticas, se pueda favorecer a quien le convenga al poder. Pero cuando la pelota rueda, juega el azar y la incertidumbre, y ese es el negocio.
Para que Argentina entregue la final del mundial, como se especula, deberían haberse conspirado jugadores, equipos técnicos, árbitros, VAR, AFA, FIFA, etc, bajo la total seguridad de que ninguno de esos actores filtre la trama oculta.
Otra información, un tanto más posible y veraz, es que Macri participa de una constelación de actores del fútbol local que solo desean la implementación de las sociedades anónimas deportivas (SAD). Para eso, necesita el fracaso del equipo nacional, para ir por el presidente de la AFA.

Foto NA
Pese a ello, el poder económico que rodea al fútbol necesita partidos auténticos. Puede influir sobre determinados aspectos —designaciones arbitrales, reglamentos, calendarios, decisiones institucionales— pero no puede eliminar completamente el azar sin destruir el producto del que vive.
La incertidumbre no es un defecto del sistema. Es uno de sus activos más valiosos.
La política tampoco escapa a esa lógica
En la política existe una mirada muy extendida según la cual los políticos hablan de servicio público mientras únicamente buscan conservar el poder. Probablemente haya bastante verdad en esa afirmación. La lucha por el poder constituye el núcleo de toda actividad política. Pero incluso aceptando ese diagnóstico, aparece otra pregunta: ¿Cómo se conserva el poder? Difícilmente mediante el engaño permanente.
Un gobierno que no resuelve absolutamente ningún problema, que nunca mejora ningún indicador o que fracasa en todas sus promesas encuentra enormes dificultades para sostener legitimidad. Incluso quienes gobiernan pensando principalmente en conservar el poder terminan obligados a producir resultados reales. No sólo porque algunos sean altruistas, sino que necesitan seguir gobernando.
En ese sentido, la gestión puede entenderse como una condición para la supervivencia política donde el poder no reemplaza la realidad, la organiza. Quizás el error más frecuente sea imaginar una oposición entre verdad y poder. Como señalaba Michel Foucault, el poder no funciona únicamente ocultando la verdad. También produce discursos considerados verdaderos. Pero esos discursos deben conservar algún contacto con la experiencia cotidiana de las personas. Cuando ese vínculo desaparece, la narrativa comienza a desmoronarse.

Por eso las propagandas más eficaces nunca son completamente falsas. Mezclan datos ciertos, interpretaciones parciales, omisiones estratégicas y exageraciones. La mentira absoluta resulta demasiado frágil. Las teorías conspirativas terminan atribuyendo al poder características casi divinas. Un poder capaz de controlar simultáneamente la economía mundial, los gobiernos, la ciencia, los medios de comunicación, el deporte y hasta las emociones colectivas.
Paradójicamente, esa omnipotencia imaginaria termina siendo menos realista que la propia complejidad del mundo. Los sistemas políticos, económicos y culturales son poderosos, pero también enfrentan límites, conflictos internos, errores, improvisaciones y acontecimientos imprevistos. No controlan todo. Y precisamente por eso necesitan convencer.
Entonces, la pregunta sería inversa: en lugar de preguntarnos cuánto puede manipular el poder, podríamos preguntarnos cuánta realidad necesita preservar para seguir siendo poder. Porque la legitimidad no nace únicamente del relato. También necesita hechos. Quizás ese sea uno de los grandes malentendidos de nuestra época: creer que el poder consiste en fabricar una ficción perfecta, cuando en realidad consiste en administrar una realidad imperfecta.
Y acaso esa sea la mejor noticia para las sociedades democráticas: mientras el poder siga necesitando legitimidad, nunca podrá emanciparse completamente de la realidad.




