El estigma del adoctrinamiento como estrategia capitalista

José Jatuff

Colaborador
Doctor en Filosofía. Docente en la UNLaR

José Jatuff

Colaborador
Doctor en Filosofía. Docente en la UNLaR

El vocero presidencial Manuel Adorni anunció que el Gobierno Nacional “penará el adoctrinamiento” en las escuelas e implementará un canal para que los padres y alumnos puedan denunciar la “actividad política que no respete la libertad de expresión” dentro de las aulas. Pero la pregunta ahí es ¿qué es el adoctrinamiento? Y antes aun ¿qué es una doctrina? El término doctrina viene del latín doctrina y significa “ciencia, sabiduría”. San Agustín cuestiona porciones enteras del corpus de los conocimientos paganos por su imperfección frente a la verdad revelada que resuelve de modo definitivo muchos de sus interrogantes. En la Biblia podía encontrase las respuestas al origen del mundo, a la naturaleza del ser humano y al fin de la existencia. En el caso particular del catolicismo –uno de los tantos cristianismos existentes, pero que nos es bien cercano– encontramos una doctrina oficial de la Iglesia donde se encuentran las “verdades de fe” y que se remontan a los Concilios de Nicea I (325) y de Constantinopla (381), junto a otros documentos oficiales.  Este breve señalamiento de una de los recorridos del término doctrina nos permite conectar con uno de los significados que tiene en el habla cotidiana, el de dogma. Este otro término viene del griego, en algunos contextos tiene inclusive el mismo significado y sus derivas son interesantes y complejas.

El caso es que, en rigor de verdad, el carácter estable o absoluto de una doctrina o dogma no ha existido jamás sobre la tierra. El punto no es el de si existe una verdad absoluta o no, sino que, ni siquiera en los ámbitos más “dogmáticos” se ha logrado un acuerdo sobre ella. Existen cierres parciales, como los concilios y documentos mencionados, pero forman parte del devenir de la historia. Si se realiza una lectura comparativa del tomo IV de La historia de la sexualidad de M. Foucault que atiende a la doctrina de los padres fundadores de la Iglesia y su remplazo del placer afrodisíaco por el concepto de la carne, por un lado, y el texto del Catecismo de la Iglesia Católica (CIC), por el otro, se nota como el tema de la sexualidad sufre inmensas mutaciones en manos de los padres de la iglesia, aunque, en el catecismo, aparezca como un todo monolítico. Entonces, una doctrina es por definición algo discutible y efectivamente discutido en el tiempo, incluso en los ámbitos en donde su carácter es sagrado.

“El caso es que, en rigor de verdad, el carácter estable o absoluto de una doctrina o dogma no ha existido jamás sobre la tierra. El punto no es el de si existe una verdad absoluta o no, sino que, ni siquiera en los ámbitos más “dogmáticos” se ha logrado un acuerdo sobre ella”

Ahora, si toda doctrina es discutible, ¿qué significa adoctrinar? Si uno atiende al uso común de la expresión, pareciera que involucra dos polos, uno constituido por el que adoctrina a través de la imposición unilateral de una doctrina como la única posible, y el otro, compuesto por el adoctrinado que vendría a sufrir, a la manera de un sonámbulo en un experimento hipnótico, el poder sugestivo del adoctrinador y su doctrina. Pero aquí cabría una observación entre sociológica y psicológica que la literatura distópica supo reflejar con claridad, ni siquiera en los sistemas totalitarios más perfectos construidos por la imaginación, los miembros de una sociedad aceptan una doctrina que repudian. Incluso en los regímenes más cerrados, el humano posee la máscara de la hipocresía para resguardar sus creencias y actuar “como sí”. Esto no quiere decir que el adoctrinamiento no exista en absoluto, sino que más bien, para poder hablar de esta práctica con algún sentido hay que definir su especificidad y las condiciones que la harían posible.

Entonces en términos bien determinados ¿qué es lo que vendría a querer castigar el Gobierno Nacional bajo la rúbrica adoctrinamiento? Ya vimos que doctrinas, hay muchas y también que adoctrinar no es tan fácil, con lo que surge la hipótesis de que adoctrinar para el gobierno es un tipo de práctica pedagógica específica que consiste en usar fondos públicos para generar adherentes a ideas progresistas o de izquierda. En esta hipótesis, la educación pública es equiparable a un aparato de propaganda fascista. Si esta hipótesis es aceptada, el asunto adquiere espesor e interés porque implica la cuestión del lugar de enunciación de quien enseña en tales instituciones.

 “¿Qué significa adoctrinar? Si uno atiende al uso común de la expresión, pareciera que involucra dos polos, uno constituido por el que adoctrina a través de la imposición unilateral de una doctrina como la única posible, y el otro, compuesto por el adoctrinado que vendría a sufrir, a la manera de un sonámbulo en un experimento hipnótico, el poder sugestivo del adoctrinador y su doctrina”

En el mundo de la enseñanza hace tiempo se viene hablando del concepto de trasposición didáctica, que significa la transformación que un docente lleva a cabo de un conocimiento especializado o erudito con el fin de volverlo apto para la enseñanza. Como se puede ver, es una dinámica fascinante y difícil de resolver para quien enseña. De lo que en principio no cabe duda es que, en la naturaleza de tal transformación de los contenidos, que se parece a una traducción, se encuentra contenida la visión del mundo de quien realiza la trasposición. Usar aquí el término ideología seria restringido. Por ejemplo, y siguiendo con el mundo de la religión, un profesor de historia o de filosofía dará de un modo distinto el periodo medieval si es católico o agnóstico. Suponiendo que tanto en uno o en otro caso tengan la misma erudición y pericia pedagógica, su posición vital teñirá por completo la bajada de los contenidos. Si ese tono irreductible que proviene de la posición frente al mundo y la vida del que enseña implica adoctrinamiento, entonces al docente se encuentra, a priori, atrapado. Al llegar a esta conclusión, queda en evidencia el peligro implicado en el anuncio del vocero presidencial porque, en definitiva, cualquiera puede ser denunciado.

Sin embargo, no cualquiera será denunciado, solo serán denunciados aquellos profesores cuya posición sea contraria a los dogmas que rigen el actual gobierno. Este canal de denuncia tiene un fin estratégico. Solo se trata de unir los puntos, la gestión actual no solo se caracteriza por su componente de desprecio hacia las sutilezas del pensamiento y la cultura que se atreven a trascender, imaginar y criticar el orden dominante, sino que, junto a esta fuerza, opera también una iniciativa intelectual que busca imponer su orden simbólico.

“Por ejemplo, y siguiendo con el mundo de la religión, un profesor de historia o de filosofía dará de un modo distinto el periodo medieval si es católico o agnóstico”

Los libros de Agustín Laje, siguiendo, en parte, la tradición de la “Nueva Derecha” francesa de los 60, van todos en la dirección de dar la batalla cultural. Se podría decir, sin errar, que la batalla cultural la ganaron hace tiempo en la medida en que el homo economicus se ha vuelto la medida de todas las cosas; sin embargo, se trata de colonizar todos los espacios, es evidente que la autodenominada Nueva Derecha va por todo, esto es, lleva adelante un conjunto de reformas estructurales que va por la coronación de los sectores dominantes y castiga cualquier voz discordante con el objetivo de homogeneizar el campo simbólico. Lo que hay detrás de la promoción gubernamental de la denuncia al adoctrinamiento es una campaña de persecución y no es nueva, en el 2017 se activó una línea para denunciar a los docentes que plantearan en el aula su preocupación por la muerte de Santiago Maldonado. Estas líneas de denuncias son como una tenaza, una de sus pinzas atemoriza, disminuye, reprime; la otra, construye el imaginario de que la preocupación solidaria por los asuntos comunes discordante de la agenda actual del poder central constituye un mal. De nuevo, solo se trata de unir los puntos, estas líneas de denuncias son mecanismo de integración de la población al campo simbólico dominante que tiene a uno de sus actores más entusiastas como presidente de la Argentina.