¿Quién gatilló el arma contra Cristina?

José Jatuff

Colaborador
Doctor en Filosofía. Docente en la UNLaR

José Jatuff

Colaborador
Doctor en Filosofía. Docente en la UNLaR

Quizá este sea un buen momento para recordar la paradoja de la tolerancia que encontramos en un texto de 1945 del filósofo liberal Karl Popper: “Menos conocida es la paradoja de la tolerancia: La tolerancia ilimitada debe conducir a la desaparición de la tolerancia. Si extendemos la tolerancia ilimitada aun a aquellos que son intolerantes; si no nos hallamos preparados para defender una sociedad tolerante contra las tropelías de los intolerantes, el resultado será la destrucción de los tolerantes y, junto con ellos, de la tolerancia (…), debemos reclamar el derecho de prohibirlas –a las expresiones intolerantes–, si es necesario por la fuerza, pues bien puede suceder que no estén destinadas a imponérsenos en el plano de los argumentos racionales (…) y enseñen a responder a los argumentos mediante el uso de los puños o las armas. Deberemos reclamar entonces, en nombre de la tolerancia, el derecho a no tolerar a los intolerantes”. Estas palabras tienen su contexto histórico, Popper argumenta a favor de una sociedad abierta (liberal), enfrentada al modelo comunista y el nacionalista. Pero cabe actualizar su pensamiento. Ser tolerantes con el odio no sólo pone en riesgo la posibilidad de la tolerancia, sino que habilita a la destrucción del tejido social.

Los comunicados de solidaridad del arco político para con la vicepresidenta no tardaron en llegar desde muchos sectores, algunos piensan que esto es un buen síntoma y quizá lo sea, pero también se advierte mucha corrección política cínica. Quizá se pueda dividir las aguas.  Por un lado, están los que repudian el atentado y demandan el esclarecimiento del hecho por parte de la justicia. Por otro lado, están aquellos que, además de repudiar el atentado y demandar justicia, exportan al rechazo de los diversos discursos de odio que hoy tanto circulan. No hace falta abundar sobre quiénes son los actores de uno y otro grupo, se sabe.  Lo que tal vez quepa señalar es que en los comunicados que instan al cese del odio se encuentra implícito el reconocimiento de que la razón del atentado es social (no es casualidad que Patricia Bullrich, sin repudiar el atentado, haya afirmado que es “un acto de violencia individual”).

Pero la sociedad no es un todo homogéneo, no todo actor social es igualmente relevante y aquí hay responsabilidades distintas. El presidente Alberto Fernández, con su acostumbrado tono, señaló: “…convocó a todos y a cada uno de los argentinos y argentinas, a toda la dirigencia política y social, a los medios de comunicación y a la sociedad en general, a rechazar cualquier forma de violencia». Habría que agregar al poder judicial. Es decir, con el grado de odio y agresividad con el que se manejan estos sectores, se ha preparado un caldo de cultivo social propicio para el atentado.  Si a esto le sumamos la actividad de los haters y trolls, que tienen la posibilidad de poder intervenir bajo la máscara de un nickname falso y por ello de repartir odio impunemente, no nos resulta extraño lo que sucedió. Es un hecho de una gravedad terrible y totalmente comprensible. Pero la cuestión aquí, una vez establecida una suerte de diagnóstico, es: ¿Qué hacer con el odio y los odiadores? Repitamos a Popper, que no puede ser acusado de totalitario o de querer restringir las libertades individuales: “Pero debemos reclamar el derecho de prohibirlas, si es necesario por la fuerza”.  Es que comprendió que la tolerancia tiene un límite, pero ¿cuál? Aquí puede ayudarnos John Rawls, otro filósofo liberal.  En su opinión, la intolerancia debe ser restringida cuándo los tolerantes crean que su propia seguridad y la de las instituciones que garantizan la libertad están en peligro. Conservando el espíritu, cambiaría un tanto los términos de la ecuación. El límite que se le debe poner a las expresiones de odio tiene que ver con la supervivencia social. Esta idea está en Rawls desde que entiende que son las instituciones las que permiten la convivencia, pero lo que quisiera señalar aquí puede ser graficado mejor a través de un ejercicio mental ¿Cómo se imaginan la convivencia social si el atentado hubiese tenido éxito? Las relaciones sociales tal como las conocemos hoy habrían desaparecido, habrían mutado, por supuesto, para peor. La brecha y el odio habrían crecido. Con lo cual, tanto el origen como las consecuencias del atentado son sociales y hay que abordarlo teniendo en cuenta el odio entre los internautas a nivel global, que tiene sus expresiones locales articuladas -a sabiendas o no, incentivados económicamente o no- con sectores institucionalizados en los medios de comunicación, en la justicia y en la política. Estos cuatro elementos están relacionados entre sí, sus expresiones le dan forma a una red  simbólica de odio que arrastra la mano que sostiene el arma. Un dato optimista, es que gran parte de la sociedad lo sabe y lo expresa de distintas maneras.

Una sociedad debería poder ponerle límite a las expresiones que destruyen su tejido, aunque no es cosa fácil dilucidar el mecanismo para hacerlo. Los elementos que señalamos tienen una particular relación con el poder real en Argentina y éste con el capitalismo global que viene, haciendo estragos a través de sus múltiples y agudos modos –principalmente digitales– con los que penetra a los sujetos y a las sociedades. Ponerle límite a la dinámica del odio es difícil porque significa ponerle límites al poder real. Hoy la gente está en las calles, debería permanecer allí, despierta. Ese es el poder de la política frente al establishment. Además, creo que la reactivación de la ley de medios promulgada por Cristina Fernández de Kirchner, que establece el funcionamiento y la distribución de licencias,  oxigenaría mucho las cosas.