No hay una sola iglesia. La iglesia del Cardenal Juan Carlos Aramburu, que, en 1976 negó ante Videla el asesinato de Monseñor Enrique Angelelli diciendo públicamente que se había tratado de un accidente, además de negar violaciones de derechos humanos permanentes a cargo del gobierno militar, no es la misma iglesia de Angelelli, que intentó conformar una cooperativa de trabajo con las tierras ociosas de los terratenientes riojanos, para que los productores, expropiación mediante, pudieran trabajarlas en una economía horizontal y comunitaria, o también, trasladando la Misa del Gallo para celebrarla debajo de un algarrobo en un barrio popular. O la iglesia de Mugica, que entendía que a la pobreza en las villas se la combatía compartiendo, caminando, viviendo esa misma realidad, sentando así las bases para los Curas Villeros de hoy.
Es que la iglesia católica fue siempre un espacio de aval moral y político de los poderes del Estado. Todo comenzóen Roma cuando el Imperio legaliza el cristianismo en el Edicto de Milán en el año 313 d.C. Luego, en la Edad Media, era la iglesia la que coronaba a los reyes a cambio de protección militar y de tierras. En la Edad Moderna con las Monarquías Absolutas y el Patronato, aparece la ruptura protestante, una reforma del siglo XVI que dividió a Europa. Los Estados del norte adoptaron el protestantismo y crearon iglesias nacionales controladas por el rey, como en Inglaterra, y por otro lado el Patronato Regio, en los imperios católicos de España y Portugal, donde los reyes obtuvieron el derecho de administrar la Iglesia en sus colonias americanas, designando obispos y recaudando el diezmo. Ya en el siglo XX llega la Laicidad y la Separación, en ello fue fundamental la Revolución Francesa para iniciar la pérdida de privilegios eclesiásticos y la confiscación de tierras de la Iglesia. Con el modelo Laico, la mayoría de los Estados modernos occidentales adoptaron la separación Iglesia-Estado, garantizando la libertad de culto y la neutralidad del gobierno en temas religiosos. Poco de esto habría sido avalado por Jesús, quevivió en las márgenes de la sociedad y fue ejecutado como un subversivo, justamente, por el Imperio Romano. Sin embargo, en el siglo IV, el mismo Imperio que asesina a Jesús toma el cristianismo como religión oficial y la une al poder político. Esa iglesia adoptó la pompa, la riqueza, las leyes y el control social del Estado, alejándose de la pobreza evangélica. Es decir que la Iglesia se apropió de las ideas minoritarias de los cristianos, ideas horizontales y marginales, para erigirse en una herramienta de poder bajo la excusa de darle al cristianismo una estructura que le permita sostenerse en el tiempo.
Tras la Segunda Guerra Mundial y en plena Guerra Fría, el mundo cambiaría rápidamente en lo tecnológico, lo social y lo cultural. La Iglesia corría el riesgo de quedar completamente desconectada de la realidad moderna.Entonces, en 1959 que Juan XXIII convoca al Concilio Vaticano Segundo para aggiornar a la iglesia, retomando los valores cristianos, renovando el enfoque social y más horizontal, lo que abrió la puerta directa al nacimiento de la Teología de la Liberación y, en Argentina, al movimiento de los Curas Villeros y la obra del Padre Mugica. Es con este Concilio que la Iglesia entra en una tensión que se mantiene hasta hoy, entre los conservadores moralistas que mantienen sus privilegios y sus vínculos con el poder, desde una iglesia pasiva con las realidades humanas y sociales, y por otro lado, una iglesia revisionista más cerca de los débiles, no ya desde las homilías de las catedrales, sino entre el barro de las calles y el cemento improvisado de los marginados. Una tensión que también se manifiesta entre los fieles.
La iglesia que dejó Bergoglio se parece más a la de Angelelli y Mugica. A la del Concilio Vaticano y a aquella que inspiró Jesús, antes de su muerte, sin haberla fundado. Bajo ese lineamiento, Jorge García Cuervas, ejerce la pastoral. Nacido en Río Gallegos, formado en la UCA (Universidad Católica Argentina) que, en 1986, ingresó a la carrera de Derecho en la Universidad de Buenos Aires, mientras misionaba en los barrios populares de El Palito y El Garrote, de Tigre.
No es la primera vez que García Cuerva tensiona el Tedeum tradicional del 25 de mayo. Desde que gobiernan los libertarios, cada palabra del arzobispo es una lanza al corazón de las ideas de Milei. “Todos somos importantes, comenzando por los abuelos, los niños, los enfermos, las personas con discapacidad”, dijo García Cuerva para luego citar al Papa León XIV: “¿Los menos dotados, nos son personas humanas? ¿Los débiles, no tienen nuestra misma dignidad? ¿Los que nacieron con menos posibilidades, valen menos como seres humanos?”. Y, pese que todos los caminos analíticos y lógicos resolvieron que era una crítica directa al gobierno, Milei gambeteó la lanza diciendo “no me sentí atacado”. El que bautizó a los jubilados de “viejos meados” y convocó a los pobres a “hacer algo para no morirse de hambre”, además de no querer pelearse con la iglesia y sus fieles, aplica algunas pinceladas de pragmatismo político para no seguir desangrándose en el rechazo popular, y de paso, prepara el terreno para la posible visita del Papa para antes de fin de año.
Milei sobreactúa y finge demencia. “Me parece interesante, positivo y constructivo que una autoridad religiosa trate de mediar”, dijo en Radio Mitre. El más mediador…
García Cuevas aclaró que su homilía no era dirigida a nadie en particular, pero, como suele pasar en muchos engaños amorosos, todos lo saben menos Milei, que eligecorrerse de la confrontación pública para que la espuma baje rápido. El acercamiento del presidente a las ideas de esta iglesia es estrictamente diplomático, o por un rapto de vergüenza. No hay que olvidar lo que dijo Francisco, gritar que el Papa es el representante del maligno en la tierra “es cosa de chicos”.
Además, esta iglesia banca el rol del Estado, la asistencia y la protección de los vulnerables. En cambio Milei promueve la reducción del Estado, un ajuste brutal sobre los sectores populares y estatales y pondera el rol del mercado como único garante de las supuestas libertades.
Con la otra iglesia, la del edicto de Milán, Milei comparte el rechazo al aborto legal y a las políticas de género y defiende los modelos morales de las familias tradicionales,de la “gente de bien”. La relación de Milei con la iglesia de Francisco, es ambigua, protocolar y cautelosa. Pero la ambigüedad de Milei va más allá. Fue criado como católico, estudia judaísmo, admira a los rabinos y le atrae el antiguo Testamento. Un monoteísta que sigue buscando las razones heterodoxas de su mesianismo.
¿Y con Jesús? Todo bien. Del Hijo de Dios le gusta todo, excepto cuando le recuerdan sus ideas de justicia social. Ahí aparece el Milei real, el que ya no se puede ocultar debajo de una homilía.




